Han pasado más de dos meses desde que escribí por última vez en este diario. En verdad, no me apetecía escribir -ni siquiera se me pasó por la cabeza hacerlo-, porque me lo estaba pasando en grande. O almenos eso creía yo, porque todo ha terminado; porque no le veo futuro a este estado letárgico que lo único que hace es posponer lo inevitable.
Han sido dos meses caóticos, impredecibles, en los que los nervios, a flor de piel, me nublaban el entendimiento. Y de ello derivaron un sinfín de estupideces. Todo me parecía nuevo y quería exprimirlo al máximo para que nada llegara a su fin y así poder disfrutar de la vida
a toda costa.
Ahora mis ideales han involucionado y el concepto que tenía de la vida a degenerado de la esperanza al conformismo. Porque ahora sé que nada cambiará nunca y que siempre estamos solos (por más gente de la que estemos rodeados). Pero ésta ha sido, con diferencia, la época de mi vida en la que he aprendido más sobre mí misma, así que no ha sido, en absoluto, en balde.
Pero ahora le pongo fin, porque tú no eres mi amiga. No has hecho más que venderme una moto con la que sabías que luego me iba a estampar. Y lo sabías porque tú misma lo viviste hace tiempo y ahora no has evitado que lo mismo me sucediera a mí. Me has hecho demasiadas putadas como para que yo te considere una persona de fiar.
Al principio todo era perfecto. Había encontrado una aguja en un pajar. Yo me sentía viva, porque por primera vez en toda mi puta vida no me sentía sola. Pensábamos igual, descubríamos mil y una coincidencias en ambas hasta el punto de tenerle miedo a tanta semejanza. Yo empecé a pensar que tú eras yo dentro de tres años. Estaba ilusionada, porque creía que
todo lo malo, todas las preocupaciones y comidas de tarro habían llegado a su término de una vez por todas.
Le hablabas de mí a tus amigos. Yo le hablaba de ti a los míos. Éramos casi una pareja. Y contigo he pasado los dos meses más -¿raros?- geniales de mi vida (solitaria).
Y ahora me dejas tirada. No aguanto más tus manías de cría consentida, ni tampoco tengo por qué aguantar las rayadas mentales de tu novio cuando va enchufado de farlopa.
Y jamás en toda mi vida me habían humillado tanto como lo hiciste tú este sábado. Y si no recuerdas lo que me hiciste, entonces no te drogues.
Me has dejado tiradísima, abandonada y desquiciada, y por tu culpa salir de este infierno va a suponer un esfuerzo sobrehumano.
Que te jodan.
(Te doy una oportunidad, aunque sé que vas a desaprovecharla por idiota.)
*Editado cinco minutos después*
¿Aún queda, en toda la faz de la tierra, algún tío que valga la pena? Ayer un amigo de toda la vida (una amistad que, obviamente, se ha ido a pique) se emborrachó y apostó con sus colegas a que yo me liaba con él por un cubata. Luego se arrepintió de haberlo hecho.
Gilipollas.